A un siglo del nacimiento de Gonzalo Rojas en Lebu

“Hoy conmemoramos un siglo del nacimiento del relámpago y del placer recíproco en las alturas del ocio, entre Gonzalo Rojas Pizarro, poeta insurrecto, nacido un 20 de diciembre de 1916, y nosotros, los desocupados y gozosos lectores de la Licenciosa República de Chile. Celebramos el bautizo boreal del hijo no reconocido por la costa aullante de Lebu, distante al sur más austral de la geografía erótica del mundo (…) Murió el peor enemigo de la cirugía plástica y el bótox retórico, de la silicona insuflada de la poesía de salón. Lo condenaron al silencio injustificado y ciego de la muerte prematura (…)

A la poesía de Rojas sólo se puede llegar por el drástico resplandor de la cítara incandescente de la música. No hay otro camino, nunca hubo ni habrá otro fulgor más humano y más bello que la sonoridad, briosa y galopante, del cántico silábico de las 300 hermosas a la vez. Qué infortunio, digo yo, para tanto oído mustio acostumbrado a la musiquilla enchulada de las pobres esferas. Que lo diga Enrique Lihn en el Paseo Ahumada. Mucho mejor que yo.”

El 20 de junio de 2016, en el auditorio de la Sede Santiago Centro, La Escuela de Pedagogía en Lengua Castellana y Literatura realizó la conmemoración al poeta Gonzalo Rojas, Premio Nacional de Literatura 1992, Premio Cervantes 2003.

Presidieron el homenaje, Paz Román, Directora de Carreras de la sede Santiago Centro, y el profesor de literatura de la carrera, Pablo Hurtado Ruiz.

Se hizo entrega de los premios a los alumnos que participaron en el Concurso Literario Gonzalo Rojas.

El profesor de Literatura Chilena de la carrera, Luis Kong Santibáñez, leyó su texto Gonzalo Rojas: Del relámpago y otras miserias.

El homenaje finalizó con la presentación del documental realizado el año 2004 por la Directora de Escuela, Juana Puga Larraín, Gonzalo Rojas: La casa, el fuego, el Río.

“Oscuro, diáfano en su soledad de sátrapa críptico contra la muerte, nos dejó el temblor sibilante de su aliento de niño como prólogo inédito de los enamorados sexuales de la palabra, los eróticos rampantes de la infinita llanura sexual ¿Y qué hicimos, nosotros, después, a propósito del Transtierro de Rojas, en su desolada cama hospitalaria? Nada, no hicimos nada (…)

¿Qué es eso de la reniñez, qué es eso del amor infinito de la soledad en la cueva de un oso nostálgico? ¿Qué es eso de no poder amar 300 a la vez, viejo porno? ¿Qué es eso? (…)

Nadie, en verdad, como él, para perder alegóricamente su juventud en los burdeles y decirle adiós a Dios en el placer seminal de cada oración nocturna. Nadie como él para dejarnos como Materia de Testamento la ingratitud de ángeles erráticos en su mansa dulzura celestial. (…)

Lo bello será siempre bello, aun cuando muera. Lo que no pudo llevarse la muerte en su arrebato quedará en esas páginas en perpetuo silencio sagrado. El origen del poema será siempre el silencio y su continuación. Alguien tenía que decir algo, escribir algo frente al abismo, y Rojas tomó la cítara gozosa dejada por el patriarca de la música al pie de su féretro mandragoriano, y cantó, cantó, cantó, hasta enronquecer en un tono más bajo que la muerte hasta que pajareó la muerte sobre el cielo de la Casa de Reposo final (…)

Este es mi saludo, poeta, y mi adiós definitivo, aunque nunca estoy seguro de lo definitivo.” (Luis Kong, Gonzalo Rojas: Del relámpago y otras miserias.)