Decana Francisca Infante: "En el barrio se produce un contexto de aprendizaje de la vida real"

Decana Francisca Infante, con David Perkins.

La decana de la Facultad de Ciencias Sociales, Francisca Infante, llegó de un viaje que la llenó de satisfacción en lo personal y profesional, ya que tuvo la oportunidad de volver a la universidad en la que estudió hace 15 años y profundizar sus conocimientos para potenciar la intervención comunitaria.

¿Cuál es la importancia del trabajo comunitario en los estudiantes?

El trabajo comunitario tiene dos grandes áreas. Por un lado, tiene una importancia pedagógica, ya que para las carreras que son de contacto con la gente, es fundamental que los estudiantes conozcan las condiciones de vida de las personas, que se despojen de prejuicios y que aprendan en la práctica a entender, empatizar y poder trabajar en forma cercana con la gente. El gran tema hoy, es que un egresado no sabe relacionarse con la comunidad, no porque sea un mal egresado, sino porque todo lo estudió en la sala de clases y en los libros, donde además, la mayoría de los ejemplos son estereotipos o promedios y no reflejan la complejidad de la vida real, y menos de poblaciones más vulnerables. Con el trabajo comunitario, los estudiantes, desde el primer semestre de su carrera, se aproximan al contexto en el que se van a desarrollar como profesionales. Hay investigaciones que señalan que esto permite un aprendizaje más significativo y por tanto aprenden más.

Por otro lado, tiene una importancia o relevancia directa con las comunidades con las que trabajamos, y responde a un compromiso ético de las Ciencias Sociales, ya que junto con aprender, tenemos que asegurarnos de que las prácticas que desarrollamos desde la academia tengan un impacto positivo en las personas y comunidades. Es por esto que vamos midiendo, además, a través del Observatorio de Intervención Comunitaria, cómo cambia la comunidad en su interacción con los estudiantes.

¿Cómo surge la idea del viaje a Harvard y por qué?

Después de trabajar cuatro años en el Programa de Intervención Comunitaria, sentí que necesitábamos ideas nuevas para el desarrollo conceptual del modelo, que es muy fuerte en cuanto al trabajo territorial que hacen los estudiantes en las comunas en conjunto con los dirigentes sociales, y muy bien evaluado en la satisfacción de ambos. Sin embargo, hay toda una conceptualización en el componente pedagógico que necesité profundizar. Empecé a ver que había otro cambio que produce el modelo de intervención comunitaria y que tiene que ver con el cambio cultural en la educación. Al trasladar la experiencia pedagógica del aula al barrio, sentí que suceden muchas cosas tanto en los estudiantes y los docentes, como en los vecinos y vecinas. Que, si bien tenemos una matriz valórica importante que guía nuestro trabajo, es necesario acompañarlo de didáctica, métodos pedagógicos y formas de evaluar que sean coherentes con esta matriz valórica y, por tanto, que aseguren que los estudiantes estén desarrollando los mapas mentales y los aprendizajes que tenemos declarados. Me pregunté en qué está el mundo en esto y opté por Harvard, porque tiene una trayectoria importante en desarrollo moral y humano, e incorpora, dentro de las prácticas educativas, los cambios individuales y epistemológicos que tienen que ocurrir para que vivamos en una sociedad más equitativa y más justa.

¿Qué podría destacar de lo aprendido?

En Harvard lideran este programa Howard Gardner, David Perkins y Verónica Boix. Lo que muestran ellos, es cómo todos los seres humanos tenemos distintas formas de aproximarnos al conocimiento. Plantean que los contextos educativos se están produciendo fuera de la sala de clases, y en un proceso continuo más que en una segmentación del conocimiento. Perkins plantea cómo la educación tiene que ir más allá del contenido, hacia las habilidades y competencias; más que a lo local, a lo global para ir hacia la forma de pensar y analizar el mundo; más que a las disciplinas tradicionales, a lo multidisciplinario, y más que a las recetas específicas, a entender a las personas, a los niños y a los jóvenes como personas que eligen y aprenden. Esto es muy notable, porque es lo que nosotros empezamos a hacer. A centrarnos en el aprendizaje, y en el docente como un facilitador. Incluso incorporamos a los dirigentes sociales como co-docentes o expertos en las condiciones de vida de las personas que habitan en sus barrios, y a los estudiantes como expertos en contenidos específicos de su disciplina. Este encuentro, de igual a igual entre estudiantes, dirigentes y docentes, es un salto en la forma de entender la educación. Esto porque en el barrio se produce un aprendizaje de la vida real, multidisciplinario, y nosotros, por mirarlo desde la programación social y desde lo que nos dice la evidencia en salud, necesariamente empezamos a producir un contexto de aprendizaje diferente, y eso, yo necesitaba conceptualizarlo desde la educación y la pedagogía, y no sólo desde la programación social.

¿Cuál fue el principal aporte de este curso en su trabajo de intervención comunitaria?

Fue entender que el cambio social y cultural que estamos haciendo, a través del modelo educativo, requiere dedicación y delicadeza en el diseño pedagógico del modelo. La estructura está armada, la matriz valórica y los grandes objetivos están delineados, la estrategia está definida, pero ahora la tarea es hacer un trabajo muy delicado y cariñoso con las guías pedagógicas, con los profesores y estudiantes. Y digo cariñoso, porque no hay nada menos cariñoso o delicado que una presentación power point, unilateral y separada de la realidad; o una prueba de selección múltiple, luego de un encuentro y una conversación con vecinos respecto de sus condiciones de vida. Verónica Boix lo dice muy bonito: “no es la educación para la globalidad, sino la educación para la conciencia global”, que implica trabajar con delicadeza, respeto y cariño en un modelo pedagógico que forma profesionales comprometidos con las personas y las comunidades.